¿Importa lo que decimos?

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Por Dolores Domínguez

Cada 17 de mayo se conmemora el Día Internacional contra la homofobia, la transfobia y la bifobia. Esta fecha fue seleccionada debido a que ese día en 1990, la Organización Mundial de la Salud eliminó a la homosexualidad del manual de clasificación de enfermedades mentales.

En ese tiempo, se pudieron registrar algunos avances y conquistas. De acuerdo al estudio realizado por Ipsos en 2023, en los 30 países encuestados, la visibilidad LGBTTTIQA+ ha aumentado; un promedio del 56% del total de los encuestados apoya el matrimonio entre personas del mismo sexo y el 65% está de acuerdo con la adopción por parte de estas parejas; el 76% afirma que las personas transgénero deben estar protegidas contra la discriminación y el 60% cree que los adolescentes transgénero deben poder recibir atención para afirmar su género, con el consentimiento de los padres. En general, América Latina es una de las regiones con más apoyo a estas concepciones y las mujeres y adultos jóvenes son el grupo más propenso a demostrar concordancia.

Empero, más de treinta años después de la decisión de la OMS, la ignorancia y el odio siguen arremetiendo: a principios de mayo, el escritor argentino Nicolás Márquez dijo en un programa de radio que la homosexualidad es una conducta objetivamente “insana y autodesteuctiva”; el día 5, cuatro mujeres lesbianas que vivían juntas en una pensión en un barrio de Buenos Aires, Argentina, sufrieron un ataque despiadado por parte de un hombre que les lanzó una cóctel molotov, tres de ellas fallecieron por la gravedad de las quemaduras; finalmente, el 14 de mayo la Presidenta de Perú, Dina Boluarte, aprobó un decreto que sostiene que la transexualidad y otras identidades de género son una enfermedad mental.

No podemos entender estos casos como aislados, sino que son propios de las estructuras heteropatriarcales. De acuerdo a Amnistía Internacional, 11 países condenan a la homosexualidad con la pena de muerte, 62 Estados miembros de la ONU criminalizan las relaciones sexuales consentidas entre adultos del mismo sexo y entre 2008 y 2023 fueron asesinadas 4690 personas transgénero en el mundo, siendo las mujeres trans que ejercen la prostitución las más afectadas. Por otro lado, aproximadamente el 39% de jóvenes LGBTTTIQA+ de Estados Unidos consideró suicidarse el año pasado. Por eso, es sumamente importante calificar estos sucesos, nombrarlos: es discurso de odio, es violencia de género, es homofobia y transfobia y son lesbicidios.

El hecho de que sean neologismos no les quita legitimidad ni relevancia. Antes bien, los seres humanos convivimos en comunidad y el medio principal que posibilita esta convivencia es el lenguaje. Gracias al sistema de palabras con el que contamos y al significado que a ellas les atribuimos, podemos comunicarnos, podemos compartir ideas, generar debates, comprender lo que decimos en una charla cotidiana. La interrelación social existe gracias a las referencias compartidas.

Así, toda lengua que cuente con hablantes se presenta como un organismo dinámico que se va adecuando a las necesidades de sus usuarios y a la realidad de cada contexto. Esto quiere decir que algunas palabras cambian de significado (en 1726, “bizarro” no era algo extraño, sino que calificaba a alguien generoso y noble), otras suman nuevos usos (por ejemplo, “banco” es una entidad financiera pero también un asiento), también hay palabras que caen en desuso (como “emperifollarse”) y, luego, encontramos las completamente nuevas (como “tuitear”). Entonces, con este brevísimo recorrido, podemos entender cómo todo aquello que no es nombrado, aquello que no cuenta con un concepto específico para ser denominado, no existe, sino que queda completamente invisibilizado, o es nombrado a medias, ya que a veces sentimos que las palabras de las que disponemos no terminan de abrazar lo que queremos explicar.

Las palabras tienen un carácter ideológico porque están atadas al sistema de ideas y creencias circulantes en una época determinada pero también tienen carácter político porque su uso y significado implican poder: ninguna palabra es neutral ni natural, todas ellas son construcciones sociales con significados impuestos y la utilización de estas palabras posibilita otorgarle cierto carácter al mundo, imprimirle una manera de verlo y entenderlo.

Así, cuando cuatro mujeres son violentadas por su orientación sexual, es importante identificar a los asesinatos como lesbicidios. Y cuando una persona y un gobierno sentencian que las disidencias están enfermas, etiquetar sus dichos como homodiantes y transodiantes no es por capricho. En verdad, es importante porque es una manera de defender la igualdad, de exigir justicia, de proteger la diversidad, de reconocer la violencia y de bregar por su erradicación. A las palabras no se las lleva el viento, sino que crean realidades, limitan posibilidades y habilitan acciones. Por eso, este 17 de mayo y todos los días: sí importa cómo lo decimos.

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