La vergüenza debe cambiar de bando: La historia de Gisèle Pélicot y su resistencia ante la violencia de género
Por Paula Olmos Pérez
El caso de Gisèle Pélicot es una brutal muestra de las formas más atroces de violencia de género, las que muchas veces ocurren en el lugar donde debería existir mayor seguridad: el hogar. A sus 72 años, Gisèle descubrió que su esposo, Dominique Pélicot, la había estado drogando durante una década para permitir que más de 80 hombres de entre 26 a 74 años, que él mismo organizaba a través de foros en línea, la violaran mientras estaba inconsciente en su propia casa.
Dominique no solo facilitaba estas agresiones, sino que las registraba en video y fotografía, acumulando miles de imágenes de la violencia que sufría Gisèle.
Los hombres que participaban de estos espantosos crímenes recibían instrucciones específicas de cómo actuar: debían llegar en silencio, desvestirse, calentar sus manos y evitar perfumes o cigarrillos por temor a despertar a Gisèle. Aquí no había intercambio de dinero, solo el perverso deseo de subyugar a una mujer que había sido convertida en un objeto de violación por su propio esposo.
Este caso salió a la luz cuando Dominique fue arrestado en 2020 por filmar a tres mujeres por debajo de sus faldas en un supermercado. Durante la investigación, la policía descubrió un disco duro con más de 20,000 imágenes documentando los crímenes cometidos por Dominique.
Ante la magnitud de la revelación, Gisèle decidió romper con el silencio y renunciar a su anonimato. En sus propias palabras, «la vergüenza debe cambiar de bando». Ella exigió un juicio público, donde se expongan los nombres y rostros de sus violadores, convirtiéndose en un símbolo de resistencia para las mujeres en todo el mundo.
Lo sucedido a Gisèle no es solo una tragedia personal, sino el reflejo de las violencias más ocultas que pueden acechar a las mujeres. Durante más de 50 años, compartió su vida con un hombre que la sometió a la violencia más despiadada. Dominique transformó a Gisèle en un objeto para su satisfacción y la de otros hombres mientras le robaba el control sobre su cuerpo y su dignidad.
A pesar de la magnitud del horror, Gisèle sigue siendo cuestionada, y su sufrimiento a menudo minimizado. En un claro ejemplo de misoginia, el alcalde de donde ellos residían, Louis Bonnet, llegó a decir que la situación «habría sido mucho peor si Dominique hubiese matado a su esposa». Estas declaraciones reflejan cómo la violencia sexual sigue siendo subestimada y cómo las víctimas, en lugar de recibir apoyo, enfrentan dudas y juicios.
Este tipo de respuestas están lejos de ser excepcionales, son parte de una realidad global: las mujeres somos siempre las primeras en ser cuestionadas, incluso cuando nuestras historias terminan en femicidios.
El primer impulso de la sociedad es no creer y apoyar a la víctima, sino interrogarla y culpabilizarla: “¿Qué vestía?” “¿Qué hacía sola en ese lugar?” “Ella lo provocó”. Lo anterior no son más que formas de justificar una cultura que sigue colocando la carga de la culpa sobre las mujeres, en lugar de sobre los agresores.
Tras la investigación…
Salió a la luz el nombre de otra víctima, Caroline, quien tiene 45 años y es hija de Gisèle y Dominique. Ella también fue fotografiada sin su conocimiento, y teme que su propio padre la haya drogado.
Gisèle y Caroline han roto con el ciclo de silencio que perpetúa la violencia sexual en las sombras. La determinación por no ocultar lo que han vivido es un acto de rebelión contra un sistema social que prefiere esconder la violencia bajo la alfombra.
Gisèle, al hacer pública su historia ha declarado que la vergüenza ya no es suya, con fuerza y dignidad, la ha puesto donde corresponde: sobre los perpetradores.
Todo esto me hace reflexionar sobre que el costo de ser mujer en una sociedad patriarcal es inmenso. Desde el supermercado, donde un extraño puede grabarnos sin nuestro consentimiento, hasta el propio hogar, donde el hombre con quien compartimos la vida puede drogarnos y vendernos como objetos sexuales.
¿Es este el destino que se nos impone por el simple hecho de ser mujeres? ¿Es esta la realidad que debemos aprender desde niñas? ¿Estamos obligadas a desconfiar de todos los hombres para poder cuidarnos? ¿Tener miedo de denunciar porque seremos cuestionadas?
Tal como nos ha enseñado Gisèle Pélicot, es hora de que la vergüenza, el cuestionamiento y el estigma caigan sobre los agresores, no sobre las víctimas.
Que su historia inspire a todas las mujeres que han sufrido violencia a alzar la voz, apoyarnos mutuamente y ser resistencia hasta alcanzar la justicia que todas merecemos.


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