DONDE HABITA LA LUNA

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Por María Fernanda Puentes

Hay una sabiduría silenciosa en el universo, una respiración profunda que nos antecede y nos contiene. A veces la olvidamos, encerrados en la prisa, en la idea de que somos centro y no corriente. Pero el mundo, ese milagro de agua, aire, tierra y fuego que gira sin pedir permiso, no nos pertenece: simplemente nos sostiene.

La tierra no necesita que la entendamos, sino que la sintamos.

El agua, que fluye sin queja, nos enseña a ceder sin perder forma; la luna, paciente en su ciclo, nos recuerda que todo tiene su momento de sombra y de plenitud; los animales, con su presencia limpia, nos devuelven la verdad más antigua: que vivir es estar en relación, no en dominio. 

Aquella divinidad que no habita en los templos, sino en la sencillez del instante. En el rocío que descansa sobre una hoja, en la brisa que toca la piel de quien camina sin rumbo. Esa divinidad (llámala naturaleza, energía o todo) no juzga ni premia, solo es. Spinoza lo comprendió: Dios no está fuera del mundo, sino en cada cosa que existe, en el temblor del agua, en la quietud de una piedra, en la mirada de un ser que respira y ama. 

El ser humano en su búsqueda de poder, olvidó mirar con amor. Construyó fronteras donde solo había horizontes, nombró para poseer, midió para controlar. Pero hay algo que resiste: el latido invisible que une todo lo que vive. En esa pulsación compartida se encuentra la verdadera espiritualidad, una que no se pronuncia, sino que se siente en la raíz de los árboles, en el murmullo de los ríos, en la luz que atraviesa las montañas cuando el día apenas nace. 

Coexistir es aceptar que somos parte del cuerpo del mundo. Que cuando el agua se contamina, se enferma también nuestra sangre; que cuando el aire se envenena, se apaga también nuestro aliento. Que cuidar no es un acto de piedad, sino de conciencia: cuidar la tierra es cuidar el hogar del alma. 

Ser uno con la naturaleza no es volver al pasado, sino recordar lo esencial: que el mundo no está hecho para ser observado desde lejos, sino sentido desde adentro. Que la belleza no se impone, se revela. Que cada forma de vida, por pequeña que parezca, participa del mismo misterio. 

Tal vez ahí radique el deber más humano: observar con amor, vivir con dedicación, ser presencia sin invasión. Ser agua que fluye, luna que observa, raíz que sostiene. Porque cuando comprendemos que el universo no está afuera, sino latiendo dentro, ya no hay separación entre nosotros y el todo. Solo queda el silencio del asombro, ese instante en que, por fin, entendemos que coexistir es también otra forma de amar. 

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