Una estrella en la tierra

·

-Por Emilia Lara Bruno

Joven sonriendo en la playa durante el atardecer, con una mano extendida hacia la cámara.

Mi nombre es Cho Yeong, y quizás pienses que estoy loca… pero lo hice. Me enamoré de una.
Era una noche como tantas otras. La soledad caminaba descalza por la casa, y el cielo se
vestía de luces lejanas. Las estrellas parecían murmurar secretos que solo el silencio podía entender.

La noche, inmensa y azul como un mar dormido, me abrazaba con una calma que no encontraba en ningún otro lado. Entonces sucedió. Una estrella comenzó a brillar con más fuerza. Su luz palpitaba, casi como si tuviera corazón. No pude apartar la mirada. ¿Era real? ¿Podía algo ya perfecto volverse aún más hermoso? La respuesta me ardía en el pecho: sí, lo hacía. Cada segundo la hacía más intensa, más viva, más cercana.
El cansancio me venció y el sueño me arrastró. Al amanecer, debía presentar mi obra en una galería. Hacía tanto que no exponía en mi ciudad… ese día significaba todo.
Mientras preparaba los últimos detalles, un joven entró en la galería preguntando por mí. Supuse que venía por el puesto de mesero; le di un delantal y lo llevé con los demás.
No imaginaba que ese pequeño gesto cambiaría todo.
Y llegó la noche. Mi noche. Todo salió mejor de lo que me había atrevido a imaginar.
La colección llevaba por título Luz. Al finalizar la muestra, aquel muchacho se acercó a una de las obras. Permanecí a su lado, contemplándola. —Es la estrella más hermosa que he visto —dije—. La que me llamó, me atrapó y me
mostró lo que realmente es la luz.
Él me miró con esos ojos profundos y serenos. Se presentó como Jeon Jungkook. Su voz era suave como el terciopelo. Sus rasgos, finos y tranquilos, parecían esculpidos por
el viento. Su sonrisa tenía la extraña habilidad de curvar el tiempo.
Sin rodeos, me invitó a una exposición de arte en los suburbios de Busan. No tardé en aceptar. Bastó con tomar su mano para sentir que algo nuevo había comenzado.
La noche fue mágica. Reímos, compartimos comida, ideas, colores. El arte vibraba entre nosotros como una sinfonía silenciosa. Desde entonces, empezamos a vernos más
seguido, a buscarnos, a necesitar nuestra compañía como quien busca luz en medio del invierno.
Con el paso de los meses, un sentimiento profundo comenzó a crecer dentro de mí. No dejaba de expandirse.
Estar con él se sentía como habitar un sueño, uno que reconocía como si lo hubiese vivido en otra vida. Como si lo hubiera amado desde siempre.

Una noche, lo pasé a buscar. Me esperaba en la puerta, radiante como una mañana recién nacida. Salimos a comer Tteokbokki —mi comida favorita— a pocas cuadras de su casa. Al regresar, cuando estuvo por bajar del auto, me incliné y lo besé.
Se alejó, sorprendido. El corazón se me detuvo. Pero sin decir palabra, volvió a acercarse y me besó con la misma intensidad que tenía su luz. Fue como tocar el cielo
desde la tierra.


Jamás había sentido algo así.
Los meses que siguieron fueron los más felices de mi vida. Con él, no necesitaba nada más. Solo deseaba volver a ver aquella estrella, una vez más, junto a él. Pero había
desaparecido. El cielo se mantenía en silencio.
El tiempo pasaba. La estrella no volvía.


Todo parecía seguir siendo un sueño… hasta que llegó la llamada. Jungkook había muerto en un accidente automovilístico.
El alma se me hizo cenizas. Pensé que, sin él, la vida ya no tenía sentido. Quise rendirme. Pero al mirar al cielo, allí estaba.

La estrella había regresado.
Y en ese instante, lo sentí. Su presencia me envolvía como una brisa cálida.
No se había ido. Seguía brillando para mí, desde el lugar donde nos habíamos encontrado por primera vez.

Desde allá arriba, aún me cuidaba.
Aún me mostraba su luz.

Agradecemos a Emilia Bruno por compartir este texto con la comunidad ROSA. Te invitamos a seguirla en sus redes sociales (Emilia Lara Bruno) 💖😉

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