¿Marchamos por derechos o por memoria?
Valentina Montes Ahumada
El 8M se repite cada año con la misma coreografía: pancartas, cantos, fotografías, redes sociales. La calle se vuelve escenario. Pero antes de levantar el cartel, vale la pena detenerse un segundo y preguntarse:
¿Qué nos trae hoy hasta aquí?
El 8 de marzo no nace del festejo, ni de las flores. Nace del trabajo mal pagado, de cuerpos agotados y de voces ignoradas. Nace de mujeres que reclamaron condiciones dignas y recibieron violencia como respuesta. Porque antes de ser una fecha del calendario, el 8M fue una respuesta a la injusticia. A la exclusión sistemática, a la exploración normalizada y al silencio impuesto. Marchar hoy es reconocer ese origen y entender que lo que cambió no fue la raíz del conflicto, sino sus formas. El pasado no está tan lejos como creemos; sigue latiendo en el presente.
Marchamos por derechos porque aún hay cosas que duelen. Porque hay mujeres que siguen eligiendo entre trabajar o maternar, entre denunciar o sobrevivir, entre callar o quedarse solas. Son los derechos básicos que todavía se sienten como privilegios, dependiendo de quién seas y dónde estés. A veces creemos que ya llegamos, que el camino está hecho. Pero basta mirar alrededor para entender que no. Que lo conquistado es frágil. Que lo que hoy damos por sentado, la posibilidad de decidir, de decir no, de ser escuchadas, puede desaparecer más rápido de lo que creemos.

Cuando marchamos, no solo exigimos derechos. También cargamos nombres que no están escritos en los carteles. Mujeres que trabajaron sin descansos, que callaron por sobrevivir. La memoria es una forma de justicia cuando la justicia no llegó a tiempo. Hay una tensión incómoda el 8M actual. Entre la conciencia y la costumbre. Las calles se llenan, las redes también, pero no siempre con la misma profundidad. El riesgo no está en visibilizar, sino en vaciar de sentido. Cuando el mensaje se convierte en estética, cuando el eslogan reemplaza la reflexión, el acto político corre peligro de volverse un ritual automático. Marchamos por lo que duele hoy, pero también por lo que dolió antes. Por las que no tuvieron nombre, ni espacio, ni voz. Exigir derechos sin memoria es caminar sin rumbo; recordar sin exigir es quedarse quietas. La marcha existe para unir ambas cosas: avanzar sin olvidar de dónde venimos.


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