No sos vos, son los estereotipos de belleza

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¿qué necesitas para disfrutar del verano?

Por Dolores Domínguez

Cuando era niña era gorda, o “grandota” como muchos me etiquetaban, en un afán de querer hacerme sentir mejor conmigo misma porque, como sabemos, la gordura es algo negativo, ¿cierto? Así y todo, no son muchos los recuerdos que tengo odiando mi cuerpo a esa edad (los hay, pero después serían más y peores), es que no se me ocurría que fuera algo sobre lo que tuviera que preocuparme.

Una persona descansando sobre una roca, usando un bikini verde y una toalla de playa, con el mar cristalino de fondo.

Paradójicamente, en plena adolescencia era flaca pero eso nunca fue equivalente a sentirme tranquila, de hecho, fue en la época que más incómoda estuve con mi cuerpo, cuando más busqué taparme. Pasé todos los veranos ghosteando a mis amigas, alejada de cualquier ocasión que implicara ponerme una bikini frente a personas ajenas a mi familia (y a veces frente a familiares también).

Entonces, cuando estaba más cerca de la figura socialmente alabada, fue cuando peor me sentí. ¿Por qué? Porque tomé conciencia, porque ahora conozco sobre los mandatos que separan a los cuerpos deseables de los que no lo son.

En Argentina se usa la frase “llegar al verano” para indicar que una persona cumple con todas las características físicas que son socialmente consideradas como atractivas, en palabras más simples: un cuerpo delgado y tonificado, en lo posible. Cualquier otro estándar no debería ser lucido en un traje de baño, o al menos no con felicidad y despreocupación.

Nada de panza, músculos marcados, algo de busto y de cola, piel bronceada y lisa: sin vellos y ni un poco de celulitis y estrías a la vista. Tenés que mostrarte, pero tampoco te pases, no vaya a ser que termines pareciendo alguien cualquiera. Tu cuerpo no es sólo un cuerpo, sino también un recipiente sobre el que recaen infinidad de exigencias inalcanzables. Si de casualidad cumplís con algunas de esas demandas, alguna nueva te va a faltar tachar de tu checklist.

Una no puede más que preguntarse hasta qué punto somos libres sobre nuestros físicos, si en realidad estamos constantemente aterrorizados por los cánones de belleza que la sociedad nos impone. Estos no son inocentes ni tampoco naturales: en primer lugar, porque son producto de construcciones sociales e históricas, por ejemplo, en un momento, las mujeres bellas eran aquellas con grandes caderas, ya que se lo tomaba como un cuerpo saludable y capaz de parir.

En segundo lugar, los estereotipos implican un sistema de poder sobre nuestras vidas porque manipulan y controlan cómo nos percibimos, las medidas que tomamos para cumplir con los estándares y cómo observamos al resto.

Estas presiones sociales nacen como dispositivos externos de opresión y alienación – los vemos en los medios de comunicación, en las publicidades, en las redes sociales, en la industria de la moda – pero los terminamos internalizando, hasta que no sólo los escuchamos salir de la boca de nuestro círculo íntimo, sino que, en cuanto te descuidas, vos también te volvés policía propio y ajeno. Se meten en nuestras cabezas sigilosamente, hacen raíces y terminamos restringiendo qué ropa podemos usar, qué lugares podemos ocupar y qué actividades podemos hacer según la forma y el color de nuestro cuerpo.

Mientras sufrimos, el mercado se alimenta violentamente de estas inseguridades que él mismo gesta:

¿te hicimos dar cuenta de que no te gustas? ¡No te preocupes! Te mostramos todos los productos y servicios disponibles para revertir lo que está mal pero a precios que no todos pueden pagar. La satisfacción es irrealizable.

Argentina es el segundo país a nivel mundial con mayor presencia de trastornos de conducta alimentaria – y según Anybody Argentina, 6 de cada 10 argentinos tienen problemas para encontrar ropa de su talle -. A nivel global, Vogue Business señala que se estancó la inclusión y representación de cuerpos diversos en los desfiles de las principales marcas de alta costura y cada vez más personas conocemos la palabra ozempic, incluso si no tenemos diabetes ni conocidos que la posean.

Esta realidad dificulta romper con la jerarquización de los cuerpos, la idea de que unos son válidos y otros descartables e invisibles. Una verdad que es aún más áspera y pretenciosa con las personas de color (bronceado no es lo mismo que negritud), con discapacidades y las gordas, las mujeres, los ancianos y las disidencias. Dentro del mundo del activismo estético, la descolonización de la belleza busca valorizar los rasgos no europeos; también surgieron el body positive y el body neutrality como movimientos que luchan por cambiar las ideas instaladas.

Es difícil derribar estas nociones porque no podemos señalar con facilidad un enemigo específico con nombre y apellido. En realidad, hay todo un sistema que las construye y reproduce, incluyéndonos a nosotros mismos.

He aquí la importancia de educarnos, de aprender a respetarnos y de liberar al resto de nuestros juicios innecesarios e hirientes. El problema no está en los kilos que marca la balanza, lo que realmente pesa son los mandatos sociales y las miradas del resto. Por eso es fundamental que recordemos que el verano llega a nosotros, no al revés.

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