El cuerpo como territorio político

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Valentina Montes Ahumada

Opinar sobre el cuerpo femenino sigue pareciendo un derecho. Mi cuerpo no pidió ser debatido, pero aquí estamos, en el centro de conversación que nunca solicitamos.

¿Qué pasaría si dejáramos de justificar nuestros cuerpos?

Históricamente, el cuerpo de las mujeres nunca nos perteneció del todo. Fue materno, fue moral, fue símbolo y advertencia. Algo que debía ser vigilado, corregido, controlado. Cambian las épocas, cambian los discursos, pero la lógica persiste; siempre habrá una idea externa de cómo debería ser un cuerpo femenino correcto. Hoy ya no hace falta prohibir. Basta con sugerir. El control no grita, susurra. Se disfraza de consejo, de tendencia, de autocuidado. Nos dicen que elijamos, pero dentro de límites claros. Por eso el cuerpo nunca es neutral; sin cada forma de habitarlo, arrastra una historia de poder que muchas veces llamamos costumbre.

Una figura femenina semioculta en una densa hierba verde, con cabello largo y oscuro, abrazando suavemente sus brazos entre el follaje.

Nada de lo que decidimos sobre nuestro cuerpo ocurre en el vacío. Decidir ser madre nunca es solo un deseo íntimo, sino una ecuación atravesada por la economía, las expectativas ajenas y el juicio social. La simple pregunta es si quieres, si no cuándo, con quién y bajo qué condiciones. Lo mismo ocurre con el aborto, que deja de ser una decisión privada en cuanto entra en el terreno de lo legal, lo moral y lo social. El silencio que lo rodea, el miedo, la clandestinidad, también son formas de poder actuando sobre el cuerpo. Incluso en la enfermedad, el cuerpo vuelve a ser regulado; el dolor femenino se minimiza, se normaliza, se empuja a la productividad. Llamamos personales a decisiones que están profundamente condicionadas, como si el cuerpo pudiera elegir sin cargar la historia que lo atraviesa.

Una figura etérea en un campo de hierba verde, con un fondo de árboles oscuros y un cielo azul.

Hoy el cuerpo no solo existe, exhibe. Se corrige, se filtra, se calcula en likes. La exposición dejó de ser una excepción para convertirse en norma; no aparecer es muchas veces, casi desaparecer. Los estándares ya no son únicos, pero la exigencia permanece intacta. Ahora siempre se permite ser “real”, “natural” y “diversa”, siempre que esa diferencia encaje dentro de una estética aceptable. Incluso la autenticidad se construye. La libertad parece expandirse, pero el margen sigue siendo estrecho. En este escenario, mostrarse no siempre es una elección; a veces es una forma de supervivencia. Después de tanta mirada ajena, quizá el gesto más radical sea mirarnos con menos juicio.

Preguntamos cuánto cambiaría todo si el cuerpo dejara de ser un campo de batalla y empezara a ser un lugar posible. No para conquistarlo, no para corregirlo, sino simplemente para habitarlo. 

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