
Soy Bob, nombre que me han puesto mis padres por mi
parecido a Dylan. Evidentemente desde pequeño me
gustaba revolcarme sobre el trigo y mover la cola al
compás del viento.
Nuestro campo quedaba en Santa Rosa, La Pampa. Y
digo quedaba, porque a mis dos años de edad me han
traído para Capital Federal, Buenos Aires, Argentina.
Al principio fué raro, porque no entendía muy bien la
misión que me habían encomendado. El titular decía:
enseñar a vivir a los humanos.
Hoy siendo ya un adulto de 7 años, lo comprendo mejor.
A pesar de tener generacionalmente toda una historia de
padres y abuelos sabios, no estábamos tan seguros mi
compañera y yo, de poder cumplir con el cometido.
Siendo nosotros tan jóvenes, despidiéndonos del bello
campo, para poder curar las malarias de donde se decía
todo era cemento gris y poco afable.
Recuerdo aún, la fría noche que nos subieron a la chata y
ver de a poco, como iban diseminándose los barrales de
la estancia.
A medida que iba aclarando el día, nos cruzábamos con
puentes enormes, calles anchas y todo el pavimento que
previamente nos habían mencionado.
Finalmente, nos entregaron a una persona humana.
Recuerdo patente la dirección porque dicha intersección
fue lo primero que vi al testear con mis patitas la
calurosa vereda, Av. Alvarez Thomas y Plaza. De
inmediato, uno de mi especie comenzó a ladrarme, luego
eran dos que lo hacían; luego diez, me aturdí. Lo único
que podía pensar en ese momento, fue en porque esos
diez colegas estaban sujetados a unas sogas de colores
por un solo humano.
En fin.
Pasamos toda la tarde mi compa y yo, como semáforo en
rojo. Detenidos, suspendidos en el tiempo, pensando en
cómo trasladar al humano una cuestión tan habitual y
simple para nosotros. Pienso en mis antecesores como lo
habrán hecho.
Cómo explicarles que, ante el agotamiento hay que
descansar.
Cuando hace frío, nada mejor que regodearse ante el rey
sol.
Y si una melodía se avecina, hay que entregarse a
bailotear.
Como decirles que si hay hambre, deben de comer.
Comer y compartir. Fraternidad y fidelidad.
Cómo puedo yo con mis ladridos y desparpajo, hacerlos
caer en cuenta de que todo lo que van acumulando es un
peso que luego deberán arrastrar.
Como decirles que sigan su intuición, que a eso que
llaman pensamiento, muchas veces está de más.
Como decirles, que lo valioso está en olfatear. Y en ese
olfatear, la búsqueda del amor, el arte y el conocimiento.
Como decirles que no me interesa la mejor cucha más
grande, sino las caricias y el tiempo compartido.
Como decirles que en la espera y la parsimonia, también
hay recompensa.
Como decirles que tan solo basta con mirarme, para ser
yo quien los Oriente.
—
“Oriente”
Es una de esas historias que nos recuerdan que, a veces, quienes parecen venir a ser cuidados son en realidad quienes vienen a enseñarnos.
Agradecemos especialmente a Esteban Rodríguez (Tebi), fundador y director creativo de Sutil Studio, por compartir este universo narrativo tan sensible como lúdico. Su proceso —crear historias a partir de imágenes sin contexto, en diálogo creativo con la artista Jaki— nos invita a volver a imaginar, a jugar y a reinterpretar lo que vemos.
Gracias por recordarnos que basta con mirar con atención para encontrar orientación.


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