Una experiencia que nunca falla en hacerme feliz es encontrarme con una película que lleva años en el mundo y que es una perla que, muy pacientemente, aguardaba a ser descubierta en el fondo del mar de films disponibles. Lo mejor es que esta sensación ni siquiera tiene que ir atada al cine de culto o de calidad, porque puede provenir de cualquier género y producción. La clave está en que – por una designación cósmica y superior a mí – yo sienta la magia.
Por Dolores Dominguez
Hace unos meses vi por primera vez Election (o La trampa, como se tradujo al español). Esta película estadounidense dirigida por Alexander Payne se estrenó en 1999 y fue nominada al Óscar en la categoría mejor guión adaptado, dado que está basada en la novela homónima escrita por Tom Perrotta. La trama se sitúa en una escuela secundaria de Nebraska, en la que Tracy Flick (Reese Witherspoon), estudiante aplicada, solitaria y competitiva, se postula como única candidata a Presidente del Consejo Estudiantil. Sin embargo, ese camino llano y directo hacia la meta pasa a ser rápidamente interrumpido y convertido en una carrera curvada cuando uno de los profesores de la institución, Jim McAllister (Matthew Broderick), decide impulsar la candidatura del popular atleta Paul Metzler (Chris Klein), como modo de imposibilitar la victoria de Tracy, a quien no soporta y considera despreciable.
Lo cierto es que, con todo este contenido, son muchas las reflexiones políticas que podríamos hacer, pero hoy quisiera centrarme (sin hacer spoilers) en una: las dificultades de la participación política femenina reflejadas en la cinta. En parte, este debate no fue desarrollado hasta hace poco tiempo, cuando en 2016 Hillary Clinton – que se postuló para ser Presidenta de Estados Unidos y perdió contra Trump – fue comparada por algunos medios con el personaje de Tracy, pero de manera despectiva. En consecuencia, en el país nortemaericano otros periodistas dieron rienda a una revisión sobre la película y cómo, cuando se estrenó, el machismo tiñó varias de las reseñas de la época.
Gran parte de estos artículos remarcaron que el principal problema con Tracy Flick es que ella nunca escondió su ambición y su deseo de poder, algo que socialmente no solemos aceptar por parte de las mujeres. Culturalmente se asocia a lo femenino con la pasividad, la fragilidad, lo doméstico, la emocionalidad, el afecto, la compasión y la maternidad. Mientras que a lo masculino se le adjudica la competitividad, la fortaleza, la osadía, la racionalidad y la agresividad (García Beaudoux, 2017). La protagonista de Election emergió como la antiheroína que rompe con estos estereotipos. Así y todo, ella nunca se propuso ser un modelo feminista que supera los techos de cristal, ni siquiera deseaba ser Presidenta como un acto de servicio, por abnegación o por principios. Su móvil era ser una ganadora, competir y obtener poder sin pedir permiso ni perdón.
De hecho, en las escenas que vemos a Tracy en su habitación, podemos observar que entre los posters colgados no figura ninguna mujer, tampoco ningún hombre, sino que prevalecen las frases motivacionales y los trofeos (The Guardian, 2019). Tampoco conocemos su ideología política hasta el final de la película, pero eso no era indecisión, sino su idea de sumarse al mejor postor. Su obligación es con ella misma, con la construcción de una carrera que la eleve hasta lo más alto, por lo que está dispuesta a alinearse con todo lo que le prometa el cumplimiento de ese recorrido.
Puede ser que tal nivel de ambición resulte chocante, pero también es refrescante: históricamente, el espacio público y el poder fueron forzosamente reservados para el género masculino, por lo que ver la representación de una adolescente encarnando la seguridad y la determinación descaradas, tradicionalmente masculinas, no me parece poca cosa. De hecho, Megan Garber – para The Atlantic -, señala que las producciones audiovisuales muestran cada vez más mujeres en el poder, pero es muy difícil verlas competir por los cargos. Este es un momento y un espacio que se elude porque las acciones que se asocian con las campañas políticas no coinciden con la imagen socialmente asignada al género femenino. Al respecto, Tous-Rovirosa y Aran-Ramspott (2017) añaden que, en cierta medida, las ficciones castigan a las políticas al condenarlas a la soledad o a finales trágicos; por otro lado, la belleza continúa siendo un atributo de poder.
En el caso de Tracy Flick, ella nunca cuestiona su ambición, a tal punto que es odiosa. Esto lo podemos entender porque fue criada por una madre soltera que siempre la incentivó a ser activa en los espacios de participación y a competir teniendo como meta el primer puesto. Esto es importante dado que nuestros comportamientos y forma de ser no son naturales, sino que los adquirimos a partir de lo enseñado por los agentes de socialización primarios (como la familia y los amigos) y/o los secundarios (como los medios de comunicación) (Freidenberg, s.f.).
No obstante, el resto de los personajes no la percibe con el mismo enfoque. De acuerdo a la narración del Sr. M., su profesor, el mundo no podía soportar otro líder despiadado, por ello piensa que la ética justifica que manipule a Paul – quien vendría a representar al outsider carismático y popular -, para que compita en las elecciones. El oponente que apadrina era un bonachón fácil de manejar, masivamente agradable y para nada competente.
La estúpida obsesión de destronar a Tracy, que termina convirtiéndose en un fetiche, y el desmoronamiento de su vida personal nos demuestran que el docente no actuaba como juez imparcial y benefactor altruista, sino que abusó de su posición de poder para dar con un chivo expiatorio que lo hiciera sentir menos emasculado. Fuera de la ficción, las mujeres que buscan ingresar al poder suelen encontrarse con la negativa de los armadores políticos, quienes no las incluyen en las listas o las posicionan en los últimos lugares, lo cual dificulta la ocupación de un cargo. Como contraposición a esto, nacieron los cupos de género.
Por otro lado, aquellas mujeres que logran postularse como candidatas, tienen otro obstáculo por delante: que el electorado las vote sin guiarse por los sesgos de género. En Election, Tracy nunca tuvo problemas para conseguir las firmas de sus compañeros para lograr presentarse a la campaña, pero sí hay un momento específico que la afecta a ella y a Tammy (la hermana de Paul y la otra mujer que compite para Presidenta): cuando ambas se disponen a dar sus discursos de campaña frente al alumnado, son recibidas con risas, burlas y gritos. Mientras que Paul es, en principio, vitoreado. Independientemente del resultado de las elecciones, esta diferenciación refleja percepciones culturales estereotipadas y generalizadas con respecto a la imagen de un líder ideal y digno de respeto.
Finalmente, cabe señalar que otra dificultad a la que están sujetas las mujeres y diversidades es la cosificación y la violencia política. En la película, no sólo vemos que Tracy es perseguida por su profesor sino que también es abusada sexual y psicológicamente por otro adulto. En ambos casos, la asimetría de poder es notable, aunque ella no la perciba, aunque no actúe de acuerdo al imaginario de “buena víctima” que cumple con las formas de vida social esperadas (Kubatov, 2021). Tracy Flick no tiene que ser una santa para que los hombres que la rodean sean considerados victimarios.
A simple vista, la historia que parece centrarse en la vida escolar de adolescentes norteamericanos, sin distinción alguna de otro centenar de películas que nos hacen conocer sobre la existencia de los casilleros (o lockers), de los equipos de fútbol americano, los grupos de porristas, los bailes de graduación y sus correspondientes promposals y los grandes comedores (cosas que, al menos en Argentina, son irreales) no tarda en mostrarnos su profundidad. La locación en una secundaria no es más que una máscara para comentar satíricamente sobre el decadente sueño americano, la absurdidad de la meritocracia y las debilidades de una democracia corrompida (en la que los partidos opuestos pueden llamarse “manzana” y “naranja” pero son lo mismo).
Pronto podemos ver que la moral y la ética – cuyas definiciones son tratadas al inicio de la película – serán el hilo conductor que es pisoteado una y otra vez por todos los personajes, ya sea por ignorancia o con intención. En casi todos los casos, no hay blancos ni negros absolutos, a lo sumo un “menos peor”. ¿Te suena?


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