Por Roberto Benavente
Más de cien años tiene el clásico expresionista “Nosferatu” dirigido por F.W. Murnau, película tan transformadora como fundamental para el género cinematográfico del terror. Con esa larga data de tradición vampírica, es que ahora un mito fundacional del cine vuelve a la cartelera, bajo la dirección del realizador Robert Eggers.
Eggers para empezar es consciente que, el relato de Nosferatu en términos narrativos se encuentra bien definido y es de público conocimiento. Si usted ha visto la versión de Werner Herzog o incluso la adaptación oficial de Drácula por Francis Ford Coppola, ya está más o menos familiarizado con la historia, sus personajes, etc. Porque este mito está instaurado en nuestras mentes, más allá de las diferencias entre medios, considerando el origen literario que tiene la obra de Bram Stoker.

De todas formas, introduciremos la quizás conocida sinopsis que dice lo siguiente sobre Nosferatu (2024):
“Una historia gótica de obsesión entre una joven embrujada (Lily-Rose Depp) y un terrorífico vampiro (Bill Skarsgård) obsesionado con ella, que causa un horror terrible en su paso.”
Pareciera bien simple a primera vista, pero no lo es. En esta oportunidad, la complejidad del relato, está dada por la visión de Eggers, realizador que decide detenerse y explorar aspectos que estaban desde su origen, pero que no se habían profundizado, al menos no bajo su mirada. Punto de vista que, basándonos en su propia filmografía, ha perseguido una búsqueda autoral tanto en forma/fondo, rescatando principalmente la dimensión folklórica de los relatos.
Ojo, que esto no quiere decir que Eggers no respete la esencia o tonalidad propia de cada historia. The Witch, The Lighthouse, The Northman y ahora Nosferatu son la prueba viva de esta variedad.
Es detrás de esta persecución autoral, que la cinta visualmente hereda mucho del expresionismo, recurriendo a un juego dinámico entre la iluminación y las sombras bastante evocativo, que le imbuye tanto códigos de un cine actual, como el de sus orígenes.
De esta sombría manera, la película construye fotogramas que parecen verdaderas pinturas, dotadas de una paleta de colores que en determinados momentos llegan a presentar una atmósfera asfixiante potenciada por la presencia musical. Estéticamente, Nosferatu se merece cada uno de los laureles que llegan a sus pies. Está claro.
Ahora, lejos de sus apartados técnicos obsesivamente cuidados y el valor en términos de su diseño de producción, que sin duda impactan en la propia narrativa de la película, es importante volver al interés temático del cineasta. Como se dijo con anterioridad, el detalle que existe en las desviaciones de la historia central, esos oscuros rincones que no se habían deslumbrado, son a mí parecer la mayor clave de la cinta.
Resalto lo anterior, porque cuando en pleno 2025 se instaura un mito fundacional para un medio como el cine tiene un alto impacto. A partir de esto se generan reflexiones, alcances que incluso pueden cuestionar la integridad de un relato cuya esencia responde al terror gótico. Pero es vital volver a la raíz, hacer énfasis también en el origen folklórico de la criatura, recordarla por su capacidad villanesca, reviviendo los temores y deseos más primigenios del humano. Eso a grandes rasgos y sin entrar por completo en detalles.
Me parece importante, también, destacar a tres grandes personajes que conforman el triángulo central de la película y subrayando además ciertos aspectos de sus interpretaciones, como en su exageración (no de forma despectiva) le otorgan una arista más extrema a las ideas que expone la cinta. En primer lugar, tenemos al personaje de Ellen Hutter, interpretado por una Lily-Rose Depp, cuya convulsionada actuación es heredera de la mismísima Isabelle Adjani en esa obra de Andrzej Żuławski llamada Posession. Lo que me parece hermoso considerando que la misma actriz fue parte de la Nosferatu de 1979, dirigida por Herzog.
Por otro lado, y como gran figura antagónica, tenemos a Bill Skarsgård encarnando al Conde Orlok, cuyo aspecto e incluso profunda entonación no dejarán a nadie indiferente. En términos visuales, sus apariciones apelan a la maldad pura que encarna, dejando huella en su entorno, imponiéndose sobre los otros.
Finalmente, tenemos a Thomas Hutter, el esposo de Ellen Hutter interpretado por un Nicholas Hoult capaz de comunicar el verdadero del horror, con un personaje inicialmente idealista, cuya percepción de la realidad se va desfigurando al punto de experimentarlo en carne propia.
Estos tres personajes, en su individualidad y colectividad, son la excusa perfecta para explorar una variedad de tópicos que van desde la culpabilidad del deseo, su búsqueda por satisfacerlo, el poder en su faceta más seductiva, la razón, lo divino, lo oculto, etc.
Quizás aquí me estoy equivocando, pero a tono personal, diría que primordialmente el vampiro siempre ha caminado una senda malvada, pero seductora ya en un grado bastante erótico, al ser una criatura poderosa, que atenta contra toda religiosidad o moral.
Sin embargo, esto no quiere decir que existan otras figuras dentro del relato, ahí están Friedrich Harding (Aaron Taylor-Johnson) y Anna Harding (Emma Corrin), matrimonio del que probablemente en materia dramática se podía prescindir o no, ahí juzgará usted.
Willem Dafoe hace acto de presencia como el Profesor Albin Eberhart Von Franz, personaje que le da cierto alivio cómico a la densa atmósfera del vampiro y que, además, se siente como una extensión de los intereses propios del realizador Robert Eggers, hablando de misticismo, ocultismo. Otro lindo detalle acá, es que Dafoe interpretó a Max Schreck en la cinta Shadow Of The Vampire del director E. Elias Merhige (Begotten).
En fin, más allá de dictaminar lo positivo o negativo, diría que es el tipo de obra que escasea en la cartelera, ya sea por su carga histórica, su riqueza temática y gran despliegue en términos artísticos, me animo a decir que debe ser contemplada en la pantalla más grande.
Rescatar el valor fundacional del vampiro original a nivel cinematográfico, en el 2025 es casi romántico.


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