Por Sofía Briones
Recientemente me encontraba mirando las cápsulas de tiempo que Netflix guarda en su catálogo, y entre ellas me encontré con la clásica serie “Sex and the City”, en la cual se muestra la vida y desventuras de cuatro mujeres adultas en Nueva York.
Pero, además de esta trama y las distintas dimensiones de los personajes, me llamó la atención la relación amorosa en la que se ve envuelta la protagonista a lo largo de las seis temporadas. ¿Es la historia de amor de Carrie la verdadera estrella del espectáculo? O quizás, al igual que ella, nos encontramos en una búsqueda constante de algo que creemos que necesitamos, pero que en realidad nos lleva por un camino lleno de giros inesperados.

Para definir el contexto de ambos personajes, ella, Carrie Bradshaw, quien busca amar intensamente y tener un espacio definido dentro de la relación, y él, “Mr. Big”, un hombre que le teme a los compromisos y no le gusta ponerle nombre a sus esporádicas y fugaces relaciones, siendo alguien distante y evasivo con la ansiosa y suplicante Carrie.
Si bien es el personaje principal y más popular de la serie, Bradshaw, interpretada por Sarah Jessica Parker, es también la más polémica y criticada, especialmente por sus elecciones en el amor, la amistad e incluso en su rol como mujer.
Y, sin lugar a dudas, su relación con Big se convierte en el epicentro de la controversia: esas veces en que lo deja regresar, una y otra vez, a su vida, repitiendo el mismo ciclo de amor y desdicha, cayendo en un torbellino de situaciones tóxicas del que no logra escapar.
Como si cada vez que vuelven el mismo guion se reescribiera ante nuestros ojos, y los espectadores nos quedamos ahí, mirando la pantalla, tomando nuestra cabeza entre las manos, repitiendo una y otra vez: ‘¡No de nuevo!’.
Pero sin duda, algo que he podido analizar es que las personas somos muy susceptibles al momento de juzgar la situación de alguien sin haberlo experimentado con anterioridad. Como también, todas las que hemos criticado a Carrie es porque hemos tenido a un “Mr. Big” en nuestras vidas.
Por eso hoy, al mismo estilo de Carrie Bradshaw (exceptuando el lujoso estilo de vida neoyorquino), nos preguntaremos: ¿es tan difícil poder soltar?

Las relaciones, especialmente las de tipo amoroso, suelen ser complejas, en gran parte debido a una realidad y cultura que normaliza experiencias y actitudes donde, inevitablemente, uno de los involucrados termina herido. Las relaciones tóxicas son un tema recurrente, abordado en conversaciones con amigas, con familiares o incluso con profesionales como psicólogos.
Estamos presenciando una generación que cada vez toma mayor conciencia sobre la gravedad de estas dinámicas. Día a día surgen más consejos, terapias y recursos para salir de ellas. Sin embargo, ¿qué tan sencillo es realmente? ¿Por qué, en ocasiones, implica una lucha contra todo lo que creíste, incluso contra ti mismo? ¿Por qué resulta tan difícil soltar aquello que nos lastima?
Pero esto no se tratará de analizar la dinámica de una pareja como tal, es decir, de un conjunto de personas, sino desde nuestra propia perspectiva, de todos aquellos y aquellas que fuimos Carrie en nuestra relación.
Siguiendo el ejemplo mencionado anteriormente, Carrie mantuvo a lo largo de la serie una perspectiva idealizada de una relación insostenible, y ahí radica la principal problemática: tendemos a aferrarnos a las personas basándonos en nuestra versión de los hechos.
Muchas veces, este apego tiene raíces psicológicas que pueden estar ligadas a traumas de la infancia, problemas de autoestima o experiencias de abandono. Por ello, es fundamental adoptar una visión realista de nuestras relaciones. De lo contrario, corremos el riesgo de invertir esfuerzo y amor en vínculos donde nos movemos en dirección contraria.
A menudo creemos no tener claridad sobre la situación y nos aferramos a lo único que conocemos. Este comportamiento refleja la dificultad de soltar una relación construida sobre una percepción idealizada. Si las señales de la otra persona son confusas o requieren interpretación constante, lo más doloroso —pero a largo plazo, lo mejor— será dar un paso al costado y marcharse.
“Quería decirle que temía que nunca me amara, que temía que no tuviera la capacidad de amar a nadie más que no fuera él mismo, que temía que, dada la oportunidad, volviera a romperme el corazón. Pero mentí y le dije… creo que tenía miedo.”
Cuando el espectáculo de idas y venidas finalmente baja el telón, llega el quiebre. Y con él, el duelo, esa montaña rusa emocional que todos enfrentamos de manera distinta. Es el momento en el que nos volvemos más reales, con la vulnerabilidad a flor de piel. Lloramos, recordamos, extrañamos… amamos con la intensidad de lo que ya no tenemos.
Es curioso cómo, de pronto, nuestra mente elige enfocarse solo en los momentos buenos, como si quisiera atarnos a una versión idealizada del pasado. Entramos en esa fase de “locura” donde las preguntas son inevitables: ¿Qué estará haciendo? ¿Pensará en mí? ¿Me extrañará? O peor aún, nos encontramos obsesionándonos con su nueva pareja: ¿Por qué ella? ¿Por qué él? Y aunque sabemos que estas conductas no son sanas, nos cuesta soltar esa cuerda desgastada a la que nos aferramos.
En esos momentos, la red de apoyo es fundamental. Pero aquí va un mensaje para quienes están en la grada como espectadores: no se trata de frases cliché como “de amor nadie se muere” o “ya encontrarás a alguien mejor”. Claro, sabemos que es verdad, pero en ese instante no importa.
Lo que necesitamos es alguien que escuche, que abrace, que simplemente esté ahí mientras el caos pasa. Porque cuando una relación termina, también lo hace una etapa de nuestra vida, y eso duele. Pero, al mismo tiempo, abre la puerta a una nueva oportunidad: conocernos mejor, redefinirnos. Y aunque el proceso de superación puede sentirse eterno, llegará el día en que esas palabras difíciles —“amiga/o, date cuenta”—, dichas desde el corazón, tendrán sentido. Y entonces, renaceremos.
“Despierta, Carrie, ¿cuántas veces más pasarás por esto? Él es malo para ti… Cielos, cada vez que se acerca te vuelves una patética necesitada e insegura víctima, y lo que más me molesta es que estás deseosa de volver por más.”
Durante el proceso de superar a alguien, siempre habrá obstáculos. A veces son externos: un encuentro inesperado en la calle, una foto que aparece en tus redes sociales, o incluso una conversación casual con amigos en común. Pero, con frecuencia, el mayor obstáculo eres tú misma, o más bien, los recuerdos que invaden tu mente como visitas inoportunas.
Sin embargo, hay algo de lo que no se habla lo suficiente: cuando esa persona no te deja avanzar. Este fue muchas veces el impedimento de Carrie, su peor pesadilla: el regreso de Mr. Big. Justo cuando parecía que estaba avanzando, construyendo su nueva versión sin él, ahí estaba, como un fantasma que no solo se niega a desaparecer, sino que insiste en recordarle quién era antes de querer ser mejor.
Esto pasa de manera usual dentro de nuestra realidad. Alguna vez te has preguntado: “¿Por qué cada vez que estoy bien y feliz, vuelve?” ¿O por qué será que una vez Taylor Swift escribió: “una vez que me arregle, él me extrañará”? Es un comportamiento difícil de comprender. La única solución es no mostrar vulnerabilidad y dejarse llevar por algo que sabes cómo terminará, es decir, no cometer los mismos errores que Carrie cometió durante seis temporadas y tres películas. Aprender que quien te lastimó una vez, podrá hacerlo las veces que quiera.
“Un momento él está sobre mí, al siguiente me está dejando y no puedo creer que me esté pasando esto otra vez. ¿Por qué sigo haciéndome esto? Debo ser masoquista o algo así. Ahí fue cuando me di cuenta de que tenía una relación sadomasoquista con el señor Big.”
Siempre habrá alguien que deteste el personaje de Carrie Bradshaw, que lo clasifique como “el peor de la serie”, pero, ¿será que sentimos eso porque, en el fondo, es el más real? ¿Acaso odiamos lo que vemos de nosotros mismos reflejado en ella? No se puede negar que Carrie cometió sus errores, tanto con sus novios que no eran Mr. Big, como con sus amigas.
Pero a veces, esos momentos ficticios, esos fragmentos de entretenimiento que nos sacan de nuestra realidad, son un espejo exacto de la nuestra. Porque, aunque no podamos tener Nueva York como escenario, miles de pares de zapatos, el trabajo de nuestros sueños o Cosmopolitans interminables, ¿quién no ha suplicado alguna vez por migajas de amor?
Es curioso cómo juzgamos a alguien cuando ni siquiera sabemos cómo juzgarnos a nosotros mismos. El amor no se define ni se encasilla, y mucho menos se diagnostica. El sentimiento de saber que algo está mal pero no poder detenerlo, de haberte perdido a ti misma/o, de haberte destruido en el proceso, de haberte aislado, odiado y aún así seguir queriendo a esa persona, es algo que no tiene respuesta.
Porque, al final, no existe un manual ni un tutorial sobre cómo soltar. Solo lo sabes, un día despiertas con la claridad de quién eres, quién no eres, qué quieres y qué no. Y lo más sorprendente es que, en medio de todo este viaje de soledad, aprendes más de ti misma/o que cuando tenías a alguien a tu lado. En ese momento, sabrás que grandes cosas te esperan. Sabrás que finalmente soltaste. Porque, en palabras de la misma Carrie Bradshaw:
“Las estaciones cambian, también lo hacen las ciudades. Gente entra a tu vida y gente se irá, pero es reconfortante saber que los que amas siempre estarán en tu corazón.”


Deja un comentario