Por Roberto Benavente
Considerando que ya tiene programada su llegada al streaming, con fecha 4 de julio a través de Max y a meses de su paso por salas, es necesario regresar al que ha sido uno de los mayores e incluso mejores estrenos que el 2025 ha ofrecido en materia de cine. Pero antes de ir directo a la película, repasemos un par de antecedentes.
Todo lo anterior habla de un rápido ascenso al mundo de los grandes estudios o películas costosas, pero pese a eso, Ryan Coogler es un director con oficio, capaz de generar impacto incluso en otras franquicias, pero ya llevaba tiempo sin trabajar en una idea original. “Sinners” es un regreso a esto, pero no es cualquier retorno; es uno sorpresivo y enormemente disfrutable.
“Pecadores”, ambientada en los años 30, va de dos hermanos gemelos (Michael B. Jordan por partida doble), que después de haber sido gánsteres en Chicago regresan a Mississippi, su ciudad natal. Aquí buscan empezar de nuevo abriendo un local/club con música en vivo, en el que se presentará su primo (Miles Caton), un músico de gran talento, pero una inesperada visita amenazará la noche de apertura. Y sí, esta visita tiene una curiosa dieta.
A partir de lo antes descrito se configura el universo presente en la cinta, uno que se siente increíblemente vivo y en constante movimiento, principalmente gracias al brillo de sus personajes en pantalla. Sus presencias son magnéticas, sus diálogos son afiladísimos y Coogler lo sabe. La cinta invierte tiempo importante en presentar sus personajes, pero no es algo gratuito, ya que tiene su recompensa.
Además, el carisma está presente en cada uno de los actores y actrices que forman parte del reparto, la variedad de interpretaciones es amplia, al igual que la galería de personajes, pero diría que cada uno es reconocible, memorable pese a sus tiempos en pantalla; son capaces de quedarse con el espectador. Lo que corre tanto para héroes, como para villanos
En términos estéticos, la cinta también brilla. Todo lo que ya he dicho, se ve reforzado por los diferentes departamentos. Su fotografía es capaz de dibujar verdaderas postales que dotan de épica su narrativa, pero también resaltan lo histórico y lo sobrenatural. Lo mismo aplica al diseño de producción, desde sus espacios hasta el vestuario.

Sinners en su recorrido es imparable, va presentando una serie de situaciones atrapantes capaces de entretener en la dimensión más pura del concepto y apelando a una amplia diversidad de tonos, que solamente un espectáculo como el cine es capaz de amparar. Sonará contraproducente, pero está dicho como uno de los máximos elogios. Ya que hace uso de esta capacidad, para beneficiarse por completo.
Puedo no compartir todas las decisiones que se tomaron a la hora de su ejecución, pero entiendo la razón de su existencia y funcionalidad. La cinta arriesga, es atrevida, se arroja a sumar toda una herencia para canalizarla como entretenimiento, del más alto nivel.
Aunque no nos engañemos, porque va más allá. Riqueza temática e incluso cultural hay, porque en su núcleo el relato también va del blues, su historia, su herencia o legado. Es cine, pero también es música.
Por cada tema presentado, Pecadores platea una disyuntiva. Me explico, así como se habla de libertad, se habla de opresión. Esta dualidad se mantiene como una constante y es aquí donde encontramos el sello. La virtud de Coogler, está en su capacidad para conciliar o fusionar una serie de elementos.
Mito vampírico hay. Existe con todos sus clichés, concesiones temáticas o reglas correspondientes que ya todos conocemos. Cosa que no critico de forma negativa, no es una queja, porque te prometo que nunca lo había visto con la impronta de Sinners. Los vampiros son parte de un relato; no el relato. Hay mucho más en juego, de ahí su peso histórico.
Desde su origen, Pecadores entra en armonía con la importante capacidad liberadora y revolucionaria de la música, tanto así que es el pulso del relato, el latido del corazón presente en todo el metraje. Me he deshecho en elogios para Ryan Coogler, pero cuando de música se trata, la labor de Ludwig Göransson es vital, porque sin su trabajo la película se desarma completamente. Los acordes, las notas e incluso sus sonidos son tan importantes como las palabras y su puesta en escena.
La clave del componente musical, no solamente se encuentra en la forma del relato, también está en su raíz y se va entrelazando naturalmente a los otros aspectos que conforman la historia, buscando la trascendencia. Algo que, en cierto punto de la cinta, queda absolutamente claro. Acuérdense de mí cuando esto pase.
En esa amalgama primariamente cultural, con toques folclóricos, pasajes propios del terror y acordes musicales, es que la cinta logra ser mucho más que una rareza espectacular. Es entretención, pero con sustancia. Presenta la dedicación necesaria, para brindar el mayor espectáculo, porque insisto por muy rimbombante que parezca, tiene una razón de ser; es a todas luces una celebración identitaria.
Puede ser pomposa, errática y ambiciosa para muchos. Pero algo con este nivel de originalidad, capaz de rescatar costumbres, tradiciones con ánimos de enriquecer el blockbuster, hace tiempo que no se veía. Tenemos que saber apreciarlo.
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