La Ola de Sebastián Lelio

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 Por Lucía Fonseca

Tuve la fortuna de presenciar La Ola en una función y, además, de trabajar en ella como asistente de vestuario. Esa doble experiencia me permitió observar de cerca un nivel de producción que rara vez vemos en el cine chileno: cada detalle —desde el chicle azul hasta la paleta de colores, el vestuario, los bailes y las canciones— está pensado con respeto y armonía, construyendo un universo visual y sonoro coherente y magnético.

Póster de la película 'La Ola' dirigida por Sebastián Lelio, mostrando a un grupo de hombres en uniforme verde en la parte superior, mientras una joven sentada en una estación de metro, masticando chicle, observa a su alrededor. El título 'La Ola' y la frase 'Estreno 28 de agosto' están claramente visibles.

Santiago nunca había brillado así en pantalla: se despliega como escenario vibrante, lleno de texturas, con tomas que sorprenden y emocionan. La película consigue capturar el espíritu del mayo feminista de 2018 no desde la rigidez académica, sino desde la energía de lo popular: coreografías, diálogos, música y humor que logran encarnar la incomodidad, la rabia y también la esperanza de ese momento.

Lo notable de La Ola es que incomoda porque refleja todas las posturas, incluso aquellas que preferiríamos no ver representadas.

Es un oleaje que sacude, un musical visceral que se atreve a transformar la memoria reciente en espectáculo sin perder su filo político. El aporte de creadoras como Josefina Fernández, Manuela Infante, Paloma Salas en el guión, y de artistas como Anita Tijoux, Camila Moreno, Javiera Parra o Matthew Herbert en la música, es vital: su diversidad creativa es lo que convierte a esta obra en un verdadero mosaico colectivo.

En un contexto global donde el conservadurismo y el ninguneo hacia el feminismo vuelven a ganar terreno, La Ola se siente fuera de lugar y por eso, urgente. Es cine que piensa y siente al mismo tiempo, que irrita y conmueve. Lelio arriesga con un género poco explorado en Chile y lo hace con valentía, proponiendo un musical que no busca complacer ni ser una oda, sino remover.

Se entra a la sala con expectativas y se sale distinto: empapado, revuelto, reflexivo. Tal como lo anuncia su nombre, La Ola no es solo una película, es una experiencia que golpea, arrastra y, finalmente, transforma.

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