Por Milagros Gomez
Desde Formosa, Argentina, Milagros Gómez (2003) nos sumerge en su universo de Terror Poético, donde horror, psicología y existencialismo se entrelazan para crear imágenes tan bellas como inquietantes. En estos tres poemas —“La inmortal”, “Salvajadas en su nombre” y “Todo es eterno si está escrito”— la autora explora el amor, la muerte y la trascendencia desde un lenguaje visceral y simbólico.
Son textos que invitan a leer con calma, casi como quien desciende a un templo subterráneo: cada verso es un eco, cada imagen un rito. Hoy en ROSA compartimos un fragmento de su obra para que la experimenten, la piensen y, sobre todo, la sientan.

La inmortal:
Querida mía, cuánto lo siento.
En antaño menguaron decenas de plumas,
angélicos en caída, atadas sus vísceras al infierno.
Babilonia habrá pulverizado tesoros y corazonadas,
nuestra historia conjunta, en alguna añeja vida pasada.
Hasta que mi alma ahora pueda,
bajo la infinidad de las estrellas
encontrar en faces lunares y eternas,
descanso en una misma llama, voraz y gemela.
Pero he fallado. A tu destino le he fallado.
La mortal se enamoró de la fantasía,
creó del magma un universo
en el que te rehúsas a la vida,
te escapas al frío opaco,
habitas en la muerte de un dragón.
Nada queda de esas escamas,
no hay abrigo que consuele
al corazón que se desvive
esperando la mitad que mató.
No hay fuego que reviva el destino
que feneció en una cruz,
no hay resurrección para las lágrimas
de una luciferina.
Yo sólo me remito a cavar la tumba del dragón,
esperando que de la ofrenda sacrificial,
mis gotas oscuras y sangrientas,
reviva lo que alguna vez,
reemplazó las cenizas en nuestros labios
por un devoto fuego, en los adentros del amor.
Salvajadas en su nombre:
Habré pensado salvajadas en su nombre,
en una penumbra avergonzante,
bajo las faces lunares
de un eros atemporal.
Habré invocado a los fines apocalípticos,
con el susurro luciferino
de un deseo venusino.
Su inicial es el principio de todos mis sigilos;
es el pacto en la inmensidad de mi sangre,
que vuelve sagrados
a todos los sudarios.
Que vuelva, para enseñarme.
Mejor, que oscurezca
a los cielos joviales.
No quiero someterme
a una reprimenda;
la irracionalidad salvaje que porte su sombra
es proporcional a la elevación de mi alma.
Quiere migrar esta poesía foránea,
a la potestad
donde reposarán sus siglos.
Quiero inducir al juicio
a los confines del coma,
dejar de habitar el deseo onírico,
y regir los desbordes
de una realidad.
Ser el nombre culto de su verbo,
el costado norte de su patria.
Que su eros sangre mi nombre,
y mi lápida, la confesión
de su carne entre rezos.
Todo es eterno si está escrito:
En vano,
no morirán las facultades de mi existencia.
Capas bajo mi piel son simbolistas;
se desglosan en el aire de mi subsistencia,
en la abstracción de mis ideas.
Eterno es todo, si está escrito.
Si es petrificante como mi huella,
que aflora en los cuerpos que me convierten
en su raíz.
En vano,
no morirá mi nombre.
Mi ambición es sacrílega,
y mi mérito está dibujado
en cada costal del infierno.
En gloria, mi palabra no será
inexistencia.
Soy el conocimiento que se fragmenta
en nombre del arte.
En nombre de las virtudes que me ven
sobrevivir y envejecer.
Que ven a mis besos excitar
la piel de la muerte.
Y mientras tenga algo que decir,
no edificará mi voz en vano.
El día en que calle,
sabrá mi alma cuán sepultada estoy.


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