bad bunny

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más allá del escenario

Por Lucía Fonseca

Hablar de Bad Bunny hoy ya no es solo hablar de música. Es hablar de impacto cultural, de representación y de cómo un artista puede moverse entre estadios repletos, el Super Bowl y los Grammy sin perder identidad.

Después de lo vivido este domingo en las premiaciones —donde volvió a hacer historia como ganador del Grammy—, mirar su gira y recordar mi propia experiencia viéndolo en vivo toma otro peso.

Hombre vestido de gala sosteniendo varios premios Grammy en un fondo oscuro con una escalera iluminada.

Una energía vibrante, positiva, compartida.

Miles de personas distintas cantando y bailando lo mismo, conectadas por una emoción común. No era solo un show, era una experiencia colectiva.

Y eso no es casual. Medios en Chile y en el mundo han destacado cómo Bad Bunny entiende el escenario como un lenguaje. Su gira no es solo una seguidilla de canciones, sino un relato cuidado al detalle: músicos y bailarines impecables, cambios de vestuario y la casita icónica, que más que escenografía es símbolo. Gracias a ella, Benito se siente cercano, humano, como si nos invitara a su mundo por un rato.

(Asistí a la última noche ✨ aquí dejo fotitos 🫶🏻)

Me sabía todas las canciones, y no era la única: el estadio completo coreando y bailando. Una fiesta masiva, pero también íntima.

Los recursos visuales elevaron aún más la experiencia. El colgante de cámara con luz, siguiendo los ritmos de cada canción, y los fuegos artificiales, precisos y de alto impacto, estaban pensados para que la música se sintiera en el cuerpo.

Todo dialogaba.

Un hombre con una camiseta amarilla y un sombrero de tela, de pie entre plantas con hojas rosas y verdes.

Bad Bunny también destaca por algo menos visible pero muy presente: su sensibilidad. Pisciano, vulnerable, emocional. Capaz de mezclar fiesta y profundidad sin que suene forzado. Lo vimos en los Grammy, en el Super Bowl y en cada concierto donde logra que miles de personas se sientan vistas al mismo tiempo.

Dos mujeres sonriendo en una fiesta iluminada con luces rojas, rodeadas de otras personas en el fondo.

Salí del show muy feliz, con una resaca positiva de energía y la sensación de haber vivido algo irrepetible. Porque Bad Bunny no solo hace conciertos: crea experiencias que se quedan contigo. Fue leeeejos una noche icónica. De esas que después se cuentan diciendo: yo fuiiii

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