Mi libertad tiene código postal

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Por Lucía Fonseca

¿Mi libertad como mujer depende de la geografía? Afganistán, el avance de discursos ultraconservadores y la fragilidad de los derechos que creíamos conquistados.

Me identifico como mujer, nací y vivo en Chile hasta hoy. Puedo estudiar. Trabajar. Votar. Mostrar mi rostro. Elegir qué ropa usar. Escribir este artículo y publicarlo en internet.

Si hubiese nacido en otro punto del mapa, algunas de estas acciones podrían estar prohibidas.

Entonces, ¿mi libertad es realmente un derecho o también tuve suerte geográfica?

La pregunta parece exagerada hasta que miramos hacia Afganistán. Cerca de cinco años después del regreso de los talibanes al poder, las restricciones impuestas a mujeres y niñas continúan afectando su acceso a la educación, el trabajo, la justicia y el espacio público. 

En junio de 2026, Naciones Unidas informó incluso de la detención de al menos 30 mujeres en Herat por presuntas infracciones a las normas de vestimenta. (Naciones Unidas)

Al mismo tiempo, a miles de kilómetros de distancia, en Estados Unidos, mujeres jóvenes se reúnen en conferencias conservadoras donde vuelven a circular preguntas que creíamos pertenecientes a otro siglo: ¿deberían las mujeres votar individualmente? ¿Debe el esposo representar políticamente al hogar?

No son realidades equivalentes.

Pero ambas nos obligan a mirar una idea incómoda: los derechos de las mujeres no avanzan inevitablemente hacia adelante.

Afganistán: desaparecer de la vida pública

En agosto de 2021, los talibanes retomaron el control de Afganistán.

Desde entonces, las mujeres y niñas han sido progresivamente excluidas de distintos espacios de la vida pública. Las restricciones afectan la educación secundaria y universitaria, el empleo, la movilidad y la participación política. Naciones Unidas ha descrito esta exclusión como sistemática, mientras UN Women sostiene programas destinados precisamente a enfrentar la expulsión de las mujeres de la vida pública afgana. (Home | UN Women Transparency Portal)

Pero el retroceso no ocurre necesariamente de un día para otro. Puede llegar en forma de norma. Después, otra. Y otra. Hasta que aquello que antes formaba parte de la vida cotidiana comienza a sentirse lejano.

En mayo de 2026, las autoridades de facto publicaron el Decreto N.º 18. Según UN Women, la nueva regulación sobre separación matrimonial rompe con normas anteriores que establecían una edad mínima para casarse y criminalizaban los matrimonios forzados e infantiles. El decreto actual no establece una edad mínima de matrimonio, algo que la organización considera especialmente preocupante para la seguridad y el consentimiento de niñas y mujeres. (UN Women Australia)

Leerlo desde tu celular/dispositivo puede ser raro. Podemos cerrar la pestaña. Seguir bajando en Instagram. Responder un WhatsApp. Pero para las mujeres afganas, no es una noticia internacional. Es la estructura que determina su vida.

Y quizás ahí está una de las partes más violentas de la geografía: la capacidad que tiene el lugar donde nacemos de definir qué tan libre podemos llegar a ser.

¿Los derechos se conquistan para siempre?

Crecimos escuchando hablar de los derechos de las mujeres como conquistas… El derecho a voto. El acceso a la universidad. La autonomía económica. La participación política.

La palabra conquista transmite una cierta sensación de permanencia. Como si una vez alcanzado un derecho, este quedara protegido para siempre dentro de una vitrina histórica.

Pero Afganistán demuestra lo contrario.

Antes del regreso de los talibanes, las mujeres afganas ya enfrentaban profundas desigualdades. Sin embargo, existían avances y espacios de participación que hoy han sido eliminados o severamente restringidos.

No se trata de romantizar el pasado reciente de Afganistán ni imaginar que antes de 2021 existía igualdad. Se trata de reconocer algo mucho más difícil: es posible perder espacios que ya habían sido abiertos. La historia no funciona como una línea recta, y los derechos tampoco.

A miles de kilómetros, otra conversación

En junio de este año, miles de mujeres conservadoras se reunieron en San Antonio, Texas, para la Women’s Leadership Summit organizada por Turning Point USA.

El encuentro, encabezado por Erika Kirk, reunió a más de 2.000 asistentes y estuvo marcado por conversaciones sobre fe, familia, maternidad, bienestar y roles tradicionales de género. Coberturas del evento describieron un esfuerzo explícito por acercar el movimiento conservador a mujeres jóvenes de la Generación Z. (Le Monde.fr)

Fue ahí donde algunas voces y asistentes defendieron la idea de un voto por hogar: un sistema en que el esposo podría representar políticamente a la familia.

Una precisión es necesaria.

Erika Kirk no propuso públicamente eliminar el voto femenino.

La discusión surgió a partir de declaraciones de la influencer conservadora Savanna Faith Stone y del respaldo expresado por algunas mujeres vinculadas al encuentro. La propuesta tampoco tiene actualmente estatus legal. Sin embargo, la conversación alcanzó suficiente visibilidad como para reabrir un debate sobre un derecho constitucional vigente en Estados Unidos desde hace más de un siglo. (BioBioChile)

Y quizás la pregunta no debería ser únicamente si mañana eliminarán el voto femenino.

Probablemente no.

La pregunta es: ¿cómo una idea así vuelve a convertirse en conversación en 2026?

Cuando el retroceso también tiene estética

Aquí internet importa. Porque las ideas políticas ya no llegan solamente a través de discursos presidenciales, diarios o debates televisivos.

En videos sobre matrimonio, feminidad y maternidad acompañados de música suave y vestidos impecables.

El auge del contenido tradwife y de ciertas creadoras conservadoras ha demostrado que una ideología también puede convertirse en una identidad visual.

Y sería simplista afirmar que toda mujer que desea quedarse en casa, casarse o dedicarse a la maternidad está renunciando a sus derechos. La posibilidad de elegir esa vida también forma parte de la autonomía.

El problema aparece cuando la elección personal comienza a transformarse en una norma política para todas. Cuando “yo quiero que mi esposo tome las decisiones” se convierte en “los esposos deberían representar políticamente a sus familias”. Cuando una preferencia se convierte en estructura. Cuando la nostalgia por los roles tradicionales omite una pregunta esencial: ¿qué ocurría con las mujeres que no querían vivir de esa manera?

La Women’s Leadership Summit de este año mezcló discursos políticos con bienestar, crecimiento personal, fe y productos dirigidos a mujeres jóvenes. Esa combinación ayuda a entender cómo los movimientos políticos contemporáneos construyen comunidad: no venden únicamente una propuesta electoral. También ofrecen una identidad y una forma de pertenecer. (Le Monde.fr)

¿Por qué algunas mujeres apoyarían menos derechos para las mujeres?

Es una pregunta incómoda y también una pregunta que suele responderse con demasiada facilidad: “porque están manipuladas”.

Pero creo que la realidad es más compleja.

Las mujeres no constituyen un bloque político único. Tienen distintas religiones, clases sociales, experiencias, prioridades y visiones sobre el mundo.

Algunas mujeres conservadoras no sienten que estén renunciando a su autonomía. Por el contrario, pueden interpretar los roles tradicionales como una forma de estabilidad, propósito o rechazo a las exigencias contemporáneas.

Porque tampoco podemos ignorar el contexto.

Nos encontramos en una generación agotada.

Trabajar, ser independientes, construir una carrera, mantener una vida social, cuidarnos, cer bien, producir, crecer y hacerlo todo mientras el costo de vida aumenta y el futuro parece cada vez menos estable.

En ese escenario, la promesa de una vida simple puede resultar atractiva.

El problema es que una estética de descanso puede esconder una estructura de dependencia, dónde no tener ingresos propios es distinto cuando existe la posibilidad de trabajar y cuando no.

No votar es distinto cuando decides abstenerte y cuando legalmente otra persona habla por ti. Cubrir tu cuerpo por decisión personal es distinto a ser detenida por no cumplir una norma de vestimenta.

La palabra clave sigue siendo la misma: elección.

En Afganistán existe un sistema institucional de restricciones que afecta prácticamente cada dimensión de la vida de mujeres y niñas.

En Estados Unidos, el voto femenino continúa protegido constitucionalmente y las declaraciones sobre un “voto hogar” pertenecen, por ahora, a sectores ultraconservadores sin una propuesta legal vigente para concretarlo.

Las escalas son distintas. Los contextos son distintos. Las consecuencias son distintas. Entonces, ¿por qué hablar de ambos fenómenos en un mismo artículo?

Porque nos permiten observar dos momentos diferentes de una conversación sobre autonomía.

Uno muestra hasta dónde puede llegar la exclusión cuando se transforma en sistema.

El otro muestra cómo ideas sobre la subordinación femenina pueden volver a circular, encontrar audiencias jóvenes y presentarse como una alternativa legítima a la igualdad.

No son lo mismo.

Pero mirar los discursos antes de que se conviertan en política también importa.

El mundo no necesariamente está avanzando

ONU Mujeres ha advertido sobre un gender backlash: una reacción contra los avances en igualdad de género. Y la crisis no ocurre aislada de otros fenómenos. En julio de 2026, la organización informó que al menos un millón de mujeres y niñas habían perdido acceso a apoyo humanitario y servicios esenciales durante el último año debido a fuertes recortes de financiamiento global; organizaciones lideradas por mujeres en países afectados por crisis, incluido Afganistán, están reduciendo servicios o enfrentando el riesgo de cerrar. (Reuters)

¿Y en Chile?

Afganistán y Chile no son comparables. Aquí las mujeres podemos estudiar, votar, trabajar y acceder a derechos que allí hoy son impensables. Precisamente por eso, mirar lo que ocurre al otro lado del mundo también puede ser un ejercicio para valorar lo conquistado y preguntarnos qué tan permanentes creemos que son esas conquistas.

En los últimos días, un grupo de parlamentarios presentó el proyecto «Escucha tu corazón», una iniciativa que busca modificar la legislación vigente para que, antes de acceder a una interrupción del embarazo bajo las tres causales permitidas por la ley, las mujeres sean informadas sobre la actividad cardíaca embrionaria o fetal y se les ofrezca escucharla. La propuesta ha abierto un amplio debate sobre autonomía, consentimiento y derechos reproductivos. Actualmente, el proyecto se encuentra en su primer trámite legislativo.

Más allá de la posición que cada persona tenga frente al aborto, el hecho de que derechos ya establecidos vuelvan a discutirse recuerda que ninguna conquista social es completamente irreversible.

Tal vez esa sea una de las preguntas que deja Afganistán: ¿qué hacemos para cuidar las libertades que hoy damos por sentadas?

Aquí dejamos una gran obra a base de la polémica propuesta…🙂‍↕️

Obra de roalarcnst y

thisisr98

¿Y porqué no se van a escuchar los latidos del hoyo?”.
Paloma Salas.
15 de Julio, 2026.
Grax por la inspo @pobrecabra 🎧-

Volviendo al artículo…Quizás una de las ideas más peligrosas de nuestra generación fue pensar que el progreso era automático. Que las nuevas generaciones serían inevitablemente más abiertas. Que internet democratizaría las voces. Que los derechos conquistados permanecerían ahí. Pero internet también amplifica discursos reaccionarios. Las generaciones jóvenes también pueden radicalizarse. Y los derechos necesitan instituciones, personas y comunidades dispuestas a defenderlos.

Entonces, ¿mi libertad tiene código postal?

En parte, sí. Nacer mujer en Chile, Afganistán o Estados Unidos determina contextos jurídicos, culturales y políticos completamente diferentes.

Pero la geografía tampoco debería convertirse en una excusa para observar desde lejos.

Quizás nuestra responsabilidad desde este lado del mapa comienza por algo aparentemente pequeño: prestar atención.

La libertad nunca debería depender del lugar donde nacimos. Pero mientras dependa de leyes, gobiernos y estructuras de poder, tampoco podemos permitirnos creer que está garantizada para siempre.

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