¿Qué significa crecer en América Latina?
Quiltras (2016) es el primer libro de la escritora y periodista chilena Arelis Uribe. Mi primera impresión fue que era un libro de relatos cortos sobre la sexualidad, sororidad, amistad y la adolescencia; todo enmarcado en Chile, pero finalmente fue mucho más que eso, fue la realización de una vivencia compartida.
Por Constanza Lara Oyarce
Pasamos tanto tiempo consumiendo productos culturales extranjeros, en su mayoría occidentales, que nos es difícil sentirnos identificadas con lo que vemos. Creemos que nuestra vida es anormal y nuestra existencia incomprendida, por lo tanto, sentimos un dolor solitario. Este libro te recuerda que ningún sentimiento o malestar es único, cuestión que a veces olvidamos.

Pensé en lo útil que será para una generación de niñas crecer contando con un libro como este, que reafirma y valida pensamientos que a veces son confusos, pero que la autora es capaz de plantear de forma amigable. De pronto te encuentras diciendo: “Sí, eso era lo que vivía. Sí, eso era lo que sentía”. En este artículo, quiero acercarlos a la esencia del libro reflexionando en torno a tres capítulos.
Exceso de oferta
“En mi colegio de barrio todas las morenas estábamos enamoradas del único rubio del curso, que a su vez estaba enamorado de la única rubia en una lógica que más que racista respondía a las reglas del mercado; a la ley de exceso de oferta morena y la escasez de pelo claro” (p.33)
Yo siempre supe que el pelo rubio no me venía, pero no podía evitar preguntarme si tenerlo más claro evitaría que me siguieran en las tiendas o haría que la gente fuera más amable conmigo en general.
La influencia del contenido que en aquel entonces se transmitía jugaba un rol importante en la imagen que queríamos y buscábamos tan vehementemente replicar. Es difícil crecer rodeada de símbolos que no te representan y que niegan constantemente nuestra identidad y orígenes. Perseguir los estándares proyectados en la televisión es irreal y dañino: ser rubia, delgada, bien portada, inteligente, encantadora y complaciente. Falta cuestionarse si tal vez ese es el perfil que los grupos o clases sociales dominantes esperan que adquiramos.
Mis orígenes no son esta imagen hegemónica y occidentalizada. Mis ancestras eran trabajadoras, guerreras con una gran convicción, proveedoras, morenas de pelo tupido y baja estatura. Esa es la imagen que me representa y que tiene mayor semejanza conmigo. Y cuando una generación es expuesta a productos que rescatan la verdadera identidad de nuestro continente, las niñas despiertan para dejar de intentar ser complacientes e iniciar la revolución.
Morirse sale caro
“El cáncer no se acaba si la persona muere, sigue en forma de deudas, de embargos y de vivir de allegados” (p. 74)
Cuando era más chica a mi papá le daba miedo que alguien de la familia se enfermara, porque no teníamos para pagar atención médica en el sector privado. Un miedo que tal vez nació cuando mi abuelo (su padre) falleció en una ambulancia camino a operarse de un cáncer. Falleció porque era muy tarde, porque tuvieron que hacer completadas y rifas para poder juntar la plata que necesitaba para el procedimiento y eso atrasó todo. Mi abuelo no aguantó.
Aguantar, una palabra clave en latinoamericana. Aguantar el vivir marginado de las políticas públicas, sintiéndose poco representado y viéndose forzado a sobrellevar de forma solitaria la carga de vivir en una sociedad de mercado. El aguantar alimenta una molestia en las entrañas, un fuego que arde y te remueve. No es justo que la vida de las personas dependa de su ingreso monetario. Las listas de espera no son justas y morirse mientras se espera tampoco lo es.
Mi abuelo siempre quiso tener una nieta, porque nunca tuvo hijas, pero murió antes de poder encontrarnos. A veces no puedo evitar preguntarme si tal vez él me habría comprendido como nadie más lo ha logrado hacer, si tal vez me hubiese llevado a tomar un juguito a la plaza porque sabría que no me gustan los helados. Nunca conoceré a mi abuelo, pero cada vez que puedo lucho por él. Protesto para que no haya más como él.
Nace un imaginario
“Yo no conocía la Araucanía. Lo que sabía de la región lo había escuchado en las noticias, que hablaban de fuego, armas y resistencia. Al salir de aeropuerto, el paisaje me pareció verde y tranquilo y mucho menos indígena de lo que esperaba” (p. 62)
Cuando era pequeña y vivía en el sur, solía vacacionar en Cañete, un lugar al que hoy cuesta acceder porque fue categorizado como “zona de conflicto”. Una de las últimas veces que estuvimos allí pasamos por Ruka Kimvn Taiñ Volil-Juan Cayupi Huechicura, un importante museo mapuche. Ahí conocimos a una mujer de la comunidad. Nos llamó la atención su pelo y nos comentó que lo lavaba con alguna especie de hierba. Recuerdo que transmitía una vibra increíble y parecía feliz de compartir información sobre sus costumbres.
Luego, en primero medio, visitamos un pequeño pueblo llamado Rucalhue. Allí nos invitaron a participar del We Tripantu; un día sagrado y festivo que marca el comienzo de un nuevo año. Salimos a un patio circular que en el centro tenía semillas correspondiente a la cosecha que se aproximaba, músicos con instrumentos típicos y la bandera mapuche (la original). Siempre estaré agradecida de haber sido parte de una ceremonia tan especial.
Mi intención no es romantizar estas u otras instancias, lo que pretendo señalar es que no hay renuencia de abrir la puerta para comenzar a abrazar nuestra cultura, lo que hay es una invisibilización de esta oportunidad. Al contrario que Uribe, a mí me parece que la Araucanía es muy indígena. Lo que no es, es la imagen que los medios han proyectado de la zona y sus habitantes.
Quiltras es un libro que ayuda a poner en perspectiva la “identidad” y esencia de lo que significa crecer en Latinoamérica. Necesitamos comenzar a mirarnos sin distorsiones y este libro es justamente eso: una mirada sencilla e íntima que navega entre el horror y el humor, ofreciendo voz a niñas y mujeres con una gran destreza literaria.


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