Por Lucía Fonseca
En un país donde los micrófonos de la televisión abierta siguen siendo ocupados por personas que opinan de todo sin saber de nada, la moda se vuelve blanco fácil. No porque sea menos importante, sino porque sigue siendo mirada bajo el lente de la superficialidad, el clasismo y la ignorancia.

Una vez más hemos visto a panelistas de espectáculos criticar la apariencia de una mujer en horario prime, reduciendo su vestuario a un “fracaso” o un “exceso”, sin detenerse a pensar que la moda —más allá de tendencias o gustos personales— es historia, es tendencia, es conciencia social, es mensaje. La moda es política.
Lo peligroso de estos espacios no es solo que emiten opiniones sin fundamento. Lo verdaderamente alarmante es que se sigue validando la idea de que cualquiera puede hablar de moda sin preparación, sin cultura visual, sin contexto. Como si vestirse fuera un acto vacío y no una forma cotidiana de comunicar quiénes somos, de qué resistimos, qué queremos mostrar o esconder, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
En un país donde aún se discrimina por cómo te vistes —sobre todo si eres mujer, migrante, trans, pobre o joven— es urgente entender que la ropa no es solo estética. Porque incluso cuando un outfit “no dice nada”, está diciendo algo.
Cuidar nuestro entorno incluye proteger el derecho a vestirnos como queramos, sin miedo al juicio público ni a las burlas en pantalla. Porque sentirnos segurxs al expresar algo a través de la ropa no es un lujo: es un derecho.
Quizás es momento de dejar de dar micrófono a quienes nunca han pisado una escuela de moda, ni han leído una página de algún libro de historia del vestuario, pero sí tienen tiempo de sobra para mirar en menos.
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