Nutrición con perspectiva de género con Carolina Melcher: cómo la cultura de la dieta afecta nuestra relación con la comida y el cuerpo.
Por Lucía Fonseca
En un mundo donde la información sobre nutrición circula a una velocidad abrumadora —entre tendencias de redes sociales, dietas milagro y consejos no especializados— distinguir entre mito y evidencia científica se vuelve cada vez más urgente. Pero hablar de alimentación no es solo hablar de calorías, nutrientes o “hábitos saludables”: también es hablar de género, cuerpo y desigualdades sociales.
Carolina Melcher, nutricionista especializada en Trastornos de la Conducta Alimentaria, neurodivergencias y disidencias de género, se ha convertido en una voz clave para derribar estereotipos y acompañar a las personas desde la compasión y el respeto. Con una mirada crítica y feminista, su trabajo propone repensar nuestra relación con la comida y el cuerpo más allá de la norma estética.
En esta entrevista, conversamos con Carolina sobre los mitos que persisten en torno a la nutrición, la influencia de la cultura de la dieta y cómo las brechas de género atraviesan algo tan cotidiano y vital como alimentarnos.

Entrevista
La historia, vanguardias, medicina tradicional (el clásico IMC) y hace un tiempo- redes sociales-, circulan consejos/mitos de nutrición sin respaldo científico. ¿Cuál dirías que es el mito más dañino sobre alimentación que aún persiste en nuestra cultura?
Creo que uno de los mitos más dañinos (y persistentes) es la idea de que el peso determina la salud.
Durante décadas, se nos enseñó que estar delgados o delgadas era sinónimo de bienestar y que tener un cuerpo grande implicaba enfermedad, flojera o falta de autocontrol. Este mito se originó desde una mirada biomédica reduccionista, sustentada en herramientas como el IMC, que jamás fueron diseñadas para evaluar salud individual, sino para cálculos poblacionales y de seguros médicos.
El problema es que ese número se volvió un parámetro moral. Terminamos midiendo la dignidad de las personas según lo que pesa su cuerpo, y eso ha generado un daño enorme: gordofobia, trastornos alimentarios, y miedo constante a la comida.
La evidencia actual nos muestra que la salud es mucho más compleja: tiene que ver con la genética, la edad, el acceso a servicios básicos, el tiempo, con el entorno, con el descanso, con la salud mental, y con variables sociales que no caben en una fórmula matemática.
Por eso, más que “comer bien”, necesitamos reaprender a tener una buena relación con la comida.
¿Cómo impacta la brecha de género en la forma en que vivimos la nutrición y la relación con el cuerpo? ¿Qué presiones o mandatos distintos existen entre hombres, mujeres y disidencias?
La relación con la comida y el cuerpo está profundamente atravesada por el género.
A las mujeres, históricamente, se nos enseñó a ocupar poco espacio (físico y simbólico): ser delgadas, agradables y disciplinadas. Comer poco, controlarnos.
A los hombres, en cambio, se les permite comer más, “darle al gimnasio” para ser fuertes y no mostrar vulnerabilidad.
De hecho, muchas de nosotras que estudiamos en colegios mixtos lo vivimos en carne propia: el patio era territorio masculino, ocupado por los compañeros que jugaban fútbol, mientras nosotras quedábamos relegadas a las esquinas, observando o adaptándonos al espacio que quedaba libre.
Ese ejemplo tan cotidiano refleja perfectamente cómo se nos ha enseñado, desde pequeñas, a reducirnos, a no molestar, a ocupar menos lugar incluso antes de entender lo que eso significaba.
Y las disidencias quedan muchas veces fuera de toda representación: enfrentan una doble presión, tanto del canon estético binario como del estigma social.
El cuerpo se convierte en un campo de batalla donde se juega la aceptación, la pertenencia y la validación.
Por eso, hablar de nutrición sin perspectiva de género es hablar desde la mitad de la historia. No se trata sólo de qué comemos, sino de qué se espera que seamos cuando comemos.
Muchas personas crecieron -(mi caso jajaja)- en hogares donde la comida estaba cargada de culpa o se usaba como herramienta de control, escuchando frases como “eso engorda” o “no deberías comer eso”. ¿Qué impacto tienen estas experiencias en la vida adulta y cómo podemos empezar a sanar esa relación con la comida y el cuerpo?
Frases como “eso engorda” o “no comas más” parecen inocentes, pero calan hondo. Crecemos asociando la comida con culpa, y el cuerpo con algo que hay que corregir.
De adultas, muchas personas viven con una voz interna que juzga cada bocado. Esa voz no es “falta de voluntad”: es el eco de la cultura del control, del miedo al rechazo y de los mandatos sociales que se extrapolan al ámbito familiar.
Sanar esa relación implica hacer las paces con el placer, entender que comer también es un acto emocional, social y afectivo.
No se trata de comer “perfecto”, sino de volver a escucharnos. Preguntarnos: ¿tengo hambre?, ¿tengo antojo?, ¿me estoy castigando o cuidando?
La reparación empieza cuando soltamos la culpa y recuperamos la confianza en nuestro propio cuerpo.

Trabajas bajo el enfoque de Salud en todas las tallas. ¿Qué significa en la práctica y por qué crees que es clave para derribar estereotipos estéticos en salud?
El enfoque HAES parte de una premisa simple pero revolucionaria: todas las personas merecen cuidado y respeto, sin importar su peso.
No busca negar la salud, sino ampliarla. Implica dejar de centrar la atención médica en el tamaño del cuerpo y enfocarse en los comportamientos, el bienestar mental, la calidad de vida y el contexto.
En la práctica, significa que no le digo a una paciente “baja de peso y después vemos”, sino que trabajamos en mejorar su relación con la comida, con el movimiento, con su cuerpo y su entorno, sin hacer del peso el eje de su identidad. Adoptar este enfoque es clave para derribar estereotipos estéticos y devolverle a la salud su sentido más humano: acompañar sin juzgar.
Hoy se habla más sobre los TCA, pero aún hay mucha incomprensión. Es bastante común que la anorexia (por ejemplo) se asocie a la delgadez de la persona. ¿Cómo concientizamos sobre la verdad de los trastornos alimenticios? ¿Qué señales de alerta deberíamos aprender a identificar y cómo acompañar sin caer en el juicio?
Los TCA no tienen cuerpo.
Hay personas con anorexia nerviosa habitando cuerpos gordos, hay bulimias silenciosas y atracones que se viven en secreto. El problema es que el imaginario colectivo sigue atado a la imagen extrema, y eso retrasa el diagnóstico y perpetúa el estigma.
Concientizar implica dejar de asociar los TCA con la apariencia y empezar a mirar las señales emocionales y conductuales: aislamiento, culpa al comer, ansiedad, control excesivo, miedo a engordar, evitación social.
Y sobre todo, acompañar desde la empatía, no desde la corrección. En vez de decir “come más” o “te ves bien”, podríamos decir: “te noto preocupada por la comida, ¿cómo te estás sintiendo?”.
Escuchar salva más que opinar.
Entre tu libro, tu podcast Maldita Dieta y tu trabajo clínico, vienes impulsando un cambio en cómo entendemos la nutrición. ¿Cuál es el mensaje principal que quisieras que quede instalado en las próximas generaciones respecto a su relación con la comida y el cuerpo?
Si hay algo que quisiera que quedara instalado en las próximas generaciones es que nuestro cuerpo no es un proyecto eterno de mejora.La comida no es enemiga, ni el cuerpo es un problema a resolver. Me gustaría que las nuevas generaciones aprendan a nutrirse desde el cuidado, no desde el miedo; desde la curiosidad, no desde la culpa. Si logramos que una persona deje de odiar su cuerpo por un día, ya estamos desafiando un sistema que se alimenta del malestar.
Mi mensaje es ese: que el bienestar no se mide en kilos, sino en cómo cuidamos y habitamos nuestro cuerpo.
Te invitamos a seguir el trabajo de Carolina en sus redes sociales Carolina Melcher Pérez :
Nutricionista especialista en enfoque de género, neurodivergencias y disidencias.
Experta en prevención y tto. de TCA. Autora: «Te lo digo porque te quiero: Derribando estereotipos estéticos en salud».
Columnista: Revista Paula – La Tercera.


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